Cuánto
más crecía, me iba dando cuenta que las distancias se hacían más extensas. Era
como si mi crecimiento influyera en las separaciones involuntarias de unos y
otros.
Me
fui a la ciudad para terminar mis estudios y empecé a distanciarme de la casa
de los abuelos, de la de mis padres y de los amigos. Volvía cuando podía, pero parecía
que todo estuviera cada vez más lejano.
En
la ciudad los trechos eran cada vez más grandes. Había que usar autobuses para
ir a los lugares de interés, pero la distancia y la soledad se acusaban.
Si
salía a tomar el sol y me sentaba en un banco en el parque, todos lo hacíamos en los extremos. Los bancos además de grandes, los ocupábamos en las
esquinas. Las personas desconfiábamos unos de otros y no dábamos lugar a las
confidencias o a una conversación normal entre dos personas.
Estoy
pensando volver a mi ciudad. Caminar por el monte. Comer los sábados con mis
padres y mis sobrinos, trabajar en el campo como hicieron mis mayores. Recolectar
y ver por las tardes ponerse el sol tomando una infusión humeante y decir no a
los que quieren eliminar vegetación, implantar lo que a ellos les hace producir
dinero y luchar si puedo, por lo que nos da vida.
Nani,
noviembre 2025

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