viernes, 10 de abril de 2026

EMPEZANDO A TEJER LA VIDA

 



Foto de la cusqueña Natalie Fernández

 

Llevaba unos días dando vueltas a una idea y hoy cuando he desayunado y me he aseado, he salido a la calle y me he dirigido al mercado central. Allí se encuentra mi querida Patricia, la hechicera la llaman porque es capaz de hacer una maravilla con un ovillo de lana y tejer todo lo imposible y lo posible. Lo mismo teje un tapiz de naturaleza en movimiento, cerezos en flor, o bodegones con los más ricos frutos de la época, no se le resiste nada. En un taller que impartió y que tuve el privilegio de disfrutar, nos enseñó a tejer la alegría, el respeto y hasta el amor de una madre, un padre o de cualquier persona, simplemente usando lana, colores y, sobre todo, pasión por lo hermoso. Solo hay que escoger el grosor, el tipo de hilo o lana y los colores que el momento de nuestra vida nos pide y con ello expresar lo que vamos sintiendo y viviendo. Por lo tanto y como os contaba, hoy he ido a adquirir los artículos que necesito. Le he pedido consejo a Patri y me ha aconsejado que me vaya a mirar en la vitrina de los colores más delicados y escoja según me fuera sugiriendo el instinto. Los colores y el hilo elegido son uno que lleva un poquito, muy poquito de brillo que le proporciona la seda matizada aportando caída al tejido y los colores todos pasteles muy suaves. Verde agua, rosa palo muy bajo, blanco roto, lila muy suave y beige casi blanco entre otros. Espero con ello conseguir un mural para mi salón donde quisiera dejar tejida la paz que necesita la tierra, las sonrisas que debemos recuperar, las lágrimas de tantos padres derramadas por la pérdida de sus hijos y que me gustaría quedaran enjugadas y la cordura y los valores que hemos perdido últimamente y que no sabemos dónde hemos dejado aparcados. Por lo pronto voy a comenzar y seguro que, si nos animamos todos, podemos hacer distintos trabajos para llenar las calles, las casas y hasta las entradas de los organismos institucionales, si nos dejan. La cuestión es dar voz a los sentimientos humanos que por despiste o por dejarnos llevar, vamos dejando por los caminos y nos están volviendo fríos como los adoquines de la calle peatonal.

 Nani, Abril 2026

 

 

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

DESCONCIERTO

 


Nadie pudo recordar el orden correcto de las cosas, ni si era noche o día. Si habían pasado años o el tiempo se había detenido. Todos se observaban con cierto reparo porque se sabían los de siempre, aunque no conseguían precisar si más viejos o qué era lo que no encajaba del todo. Los frutales del jardín estaban más crecidos y las arrugas más pronunciadas, pero lo que desconcertó sobre manera, eran las colas de canguro que habían crecido a modo de prolongación del coxis, las uñas en forma de garra que todos tenían y los colmillos que sobresalían sobre el labio inferior.

 

Nani, abril 2026

sábado, 4 de abril de 2026

SOY RURAL

 


Imagen subida de la red


El paisaje lo dice todo. La casa está medio derruida. Lo que era la salita o comedor e incluso cocina, hoy está cubierto de hierba que llega hasta casi lo que fue un poyete donde se fregaban los platos, se limpiaba la verdura obtenida un poco más abajo y el lugar donde se encendía el fuego que calentaba a toda la familia en las largas noches de heladas y lluvia persistente o nieve que cubría por entonces, hasta media pierna.

Hoy ya llueve menos, apenas nieva y la sequía se advierte. Los entendidos dicen que se debe al cambio climático, pero no hay que ser experto para apreciarlo. Un cambio que los llamados negacionistas no creen, tienen sus intereses, pero los que hemos vivido en estos parajes lo admitimos hace ya muchos años. Por eso entre otras muchas cosas, nos fuimos a la ciudad a trabajar en lo que se nos presentó. Pasé demasiado tiempo sirviendo copas, después entré en un taller y más tarde, en una fábrica donde continúo echando de menos la luz de mi tierra, los terrones y riscos y las papas recién obtenidas de esta tierra que ya no produce, sino pena y grietas. Una tierra que me cuesta identificar.

Ahora nos estamos planteando volver a vivir en este lugar que nos lo dio todo y nos vio crecer.

Después de esta horrible pandemia, la mayoría estamos con un trabajo precario y a las puertas del despido. Tengo el alma llena de nostalgia por mis tierras, hortalizas, animales y mis árboles; estos que se resisten a dejarnos a pesar de no haber sido regados y abrazados como nos enseñaron nuestros mayores. Nos mintieron y dijeron que nos inundaría el río, ya que estos terrones serían cubiertos por un pantano. Después, cuando ya nos hicieron salir, lo desviaron a otro sector que con igual pena sus habitantes dejaron esos lugares de labranza, sus casitas humildes pero cargadas de amor y sus arriates de alrededor, donde nuestras madres plantaban toda clase de flores para que tuviéramos color, aroma y alegría. Humilde siempre, pero con alegría, luz y color.

Desde que nos fuimos, hemos vuelto poco. No ha sido fácil salir adelante, dar alguna educación a nuestros hijos, alguno ha conseguido tener carrera y ese es el orgullo más grande para un padre, pero otros siguen intentando salir adelante. Trabajar como mulos, para que el beneficio sea de otros y también nuestra alegría que se queda por el camino. Cuando sacábamos papas o acelgas, sabíamos que era nuestra cosecha y a ella nos ateníamos. Era la naturaleza la que nos ofrecía o las inclemencias las que nos daba menos, pero no eran promesas que se quedaban por el camino, ni ilusiones que nunca se cumplían.

Ya para colmo, ni el campanario de la pequeña ermita del cerro se ve. Otra ruina más que duele, no solo por el valor histórico, sino por todo el fervor que nuestros mayores depositaron en ese lugar y en la Virgencilla que allí se veneraba. Me dijeron que la llevaron a la provincia, pero la cuestión es que ya ni se sabe dónde fue a parar.

Mis hijos al principio no querían ni oír hablar de venir a vivir al campo, ahora todos ellos me dicen que me ayudarán a levantar de nuevo la casa y que si lo que quiero es venirme a pasar mi jubilación aquí, así se hará, así que por lo menos tengo una nueva ilusión que no depende de jefes, promesas públicas que no llegan, sino de ver florecer de nuevo el girasol, un rosal y hacer de nuevo en otoño pan de higo con los frutos de la higuera; esos que aún están ahí esperando a ser recogidos con nuestras manos, secados en la entrada de la casa y vigilados para que no se mojen y lleguen a ser nuestros próximos desayunos o meriendas como fue siempre.

Tengo una ilusión de nuevo. ¡Quiero volver a casa!


#inteligencianatural

Nani, marzo 2026

 

LA CASA ENCENDIDA