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Al
día siguiente las ropas seguían mojadas. No había corrido ninguna brisa y la humedad
se dejaba caer acompañada de una neblina espesa que se pegaba a todo. Los huesos
ya ajados de los habitantes de aquella población envejecida rechinaban como los
garbanzos tostados que hacía el quiosquero del barrio y si fuera poco, se
escuchaba un sonido aterrador que nadie sabía de donde procedía. Los viejos del
lugar se habían reunido en la taberna para ver si se decidían a llamar a los
grandes de la ciudad, para que les protegieran. No era normal esa bruma
persistente acompañada de una intensa humedad pegajosa que se adhería a los huesos,
a la ropa tendida y hasta al paladar que pastoso no identificaba los sabores,
ni tampoco el olfato hacía su debida función. Todo desde hacía una semana había
cambiado. Los árboles frutales presentaban un aspecto deprimente, el arroyo en
lugar de agua cristalina, arrastraba un pestilente líquido oscuro que embotaba
los sentidos y las miradas torpes por los muchos años que esos ojos tenían, no
encontraban una luz que les infundiera esperanza, era como morir minuto a
minuto sin encontrar un triste punto de apoyo al que agarrarse, ni encontrar una
esperanza que les ofreciera luz en aquella incertidumbre que ya duraba
demasiados días en aquella aldea olvidada de la civilización y de la mano del
Todo Poderoso. De la noche a la mañana eran los olvidados y los que se consumían
en la boca del cráter o en la boca del mismísimo infierno.
Nani,
julio 2026

