Imagen
de Erik Johansson, realizada sin usar IA en el proceso, titulada «Collecting
inspiration».
Dicen
que vivo en las nubes, que mi mundo es paralelo al de todo el mundo, pero no
tengo la culpa de que en los setos de mi jardín crezcan nubes de algodón y no
dé abasto a recogerlas, guardarlas en el cobertizo o dejarlas volar en libertad.
Cuantas más quito, más crecen, aunque en el fondo me gusta estar entre ellas.
Me acompañan en mis días más nublados. Con su blancura mis pensamientos se dulcifican,
mis ideas fluyen y mis creaciones se derraman entre las hojas, mis dedos, mi
día a día y cuando salgo a caminar por el surco del arroyo me acompañan o se
dejan caer en el agua para que pase al otro lado sin que tenga que mojar los
zapatos cuando hace frío. En verano me puedo permitir subir sobre ellas y navegar
a lo largo del caudal más abundante de mi pequeño riachuelo, aunque grande mientras
riega las verduras, los álamos y la cola de caballo que crece tanto que parece querer
proteger ese cauce que nos acompaña, nos cuida y da razón a los que por aquí vivimos.
En alguna ocasión cuando me he abrazado a alguna de mis bolas de algodón, ha
comenzado a elevarse conmigo prendida como si se tratara de un alfiler y hemos
volado junto a los gorriones, las golondrinas o los estorninos. He visto como
desde arriba todo es diminuto y he creído crecer. Me he sentido poderosa, me lo
proporcionaba la estabilidad que hacía sentirme segura, sabía que junto a mi
nube nunca pasaría nada malo, por lo tanto, cómo no voy a estar en las nubes si
es lo que me hace ser la que soy, la que entiende lo diminutos que somos cuando
pisamos la tierra y lo insignificantes que nos vemos cuando nos pavoneamos mirando
nuestro ombligo, ese que nos hace creer que somos algo importante, saliendo a
flote el ego que nubla nuestro sentido. Por ello prefiero estar en las nubes,
ellas me enseñan lo que soy y puedo conseguir, sin sobrepasar lo que no me
corresponde ni es de mi propiedad.
©Nani,
septiembre 2026



