Hoy
me ha tocado hacer zafarrancho en casa. Así lo llamaba mi madre cuando nos
mandaba/sugería hacer la limpieza semanal y ahora sigo yo con esa misma tarea y
palabra que me parece la más, para describir lo que significa sacudir, pasar la
aspiradora, limpiar cristales y por supuesto, los espejos de la casa. Y he ahí
donde surgió lo que vengo a contar. Limpiando el espejo del recibidor alguien
estornudó. Sentí un repelús que el vello se me puso como las púas de Espinete porque
estaba sola en casa, aunque más tarde supe que al pulsar el espray del bote
perfumado de limpia todo, alguien que había tras el cristal azogado al percibir
la humedad aromatizada, le produjo un rechazo, según me contaron hay seres alérgicos
a los productos no naturales. Pues bien, al notar este extraño acontecimiento y
superado el primer momento, me aparté con cierta premura de lo que estaba
realizando, quedándome un poco apabullada y porqué no decirlo, asustada. Todo
resultaba chocante, aunque acto seguido ya no percibía nada anormal y preferí
seguir la tarea interrumpida pensando que mi imaginación me estaba jugando una
mala pasada, así que proseguí con el trabajo interrumpido y al comenzar a secar
el espejo, una mano tiró de mí y me introdujo medio cuerpo al otro lado. En el primer
momento noté una luz extraña, no era ni oscura ni reluciente. Sí un algo opaco
acompañado con un paisaje un poco mustio. Se veía un jardín raro, como cuando
se deja un ramo de perejil en un vaso sin agua, lánguido, alicaído, casi como
si estuviera mirando un cuadro de Dalí. No chorreaban relojes, pero sí las
ramas de los árboles, las nubes y todo lo que por allí había. Así se veía lo que
tenía al frente, aunque lo que más me impresionaba era esa mano que cogió la
mía y que no me soltaba. Lo insólito era que solo distinguía una mano sin cuerpo
al que debería pertenecer. Esta situación me creaba bastante malestar una vez
superado el miedo del primer momento. Después vi pasar un par de zapatillas
blancas que caminaban con cierta rapidez, una melena rubia sobre una cabeza que
no supe si era femenina o masculina y de golpe, una pelota dirigida a mi propia
cara que resultó ser un globo, pero que al impulso por esquivar el impacto, logré
desprenderme de la mano que me tenía asida, sentándome de nalgas en el suelo
con el consiguiente impacto volviendo todo poco a poco a su curso normal (bueno
mis nalgas bastante doloridas prueba de que lo ocurrido no fue un sueño) y la
certeza de que los espejos no los volvería a tocar en la vida, como mucho me
reflejaría para retocarme pero estoy segura que siempre pensaré que algo pueda
asomar en cualquier momento y por ello, hago un maquillaje rápido y a cierta
distancia, me paso el cepillo, aliso el pelo y poco más. Desde ese día los
espejos y yo, tenemos unas grandes diferencias y mucho respeto el uno por la otra,
así que acabaré mirándome en el reflejo de un charco o en el escaparate de la
tienda de Loly. No más impresiones producidas por el azogue maldito.
©Nani,
octubre 2026



