Había decidido pasar una tarde de
lectura aprovechando que en la terraza estaba el sol calentando sin quemar.
Estos días de otoño son una delicia disfrutarlos al aire libre cuando el sol hace
de mantita de pelito y las tardes se convierten en un goce, mientras llegan las
lluvias tan necesarias para la naturaleza y para el ciclo normal que debe tener
la estación del año.
Pues como decía, había decidido
tener una tarde de lectura de esas que cuando ya el sol no alumbra, decides
ponerte una ropa cómoda e ir a dar una caminata para quemar lo que nos sobra o
por lo menos, hacer el ejercicio que el cuerpo necesita. Y estando sentada tan
agustito y prosiguiendo con el capítulo 8 de mi libro de turno, he escuchado un
tropel que la concentración se me ha ido al traste. He prestado toda mi atención
y me ha parecido que el ruido procedía de la cocina, así que me he levantado y
he ido a ver qué pasaba.
Al empujar la puerta, si no estoy
hábil de reflejos, me hubieran rebanado la nariz dos cuchillos que se batían con
dos tenedores cual espadachines del año de Maricastaña. No daba crédito a todo
lo que estaba viendo y cuando he preguntado, la respuesta obtenida ha sido que
querían demostrar cuál de ellos era el más eficaz.
El lavavajillas decía que se
había declarado en huelga de brazos caídos, porque estaba cansado de recibir
puñaladas traperas de todo el menaje que recibía a diario y que, para más inri ni
se lo agradecía con un buen lavado de vez en cuando para limpiar desagües y
grasas incrustadas, que todo ser necesita un caramelo de vez en vez y el
mantenimiento es tan necesario como la vida activa.
Las cucharas estaban en posición desafiante,
esperando entrar en acción y los vasos se habían dado la vuelta completamente
enojados, diciendo que no admitirían ningún contenido hasta que la huelga que
se había declarado en la cocina no llegara a un acuerdo razonable.
El cucharón y la cuchara de servir
decían que no se levantaban ni para dar un buen día y que no repartirían ningún
alimento hasta no ver que todos los utensilios ocupaban sus lugares, con
armonía y buena disposición, que ya estaba bien de ego y de decir que lo blanco
es lo mejor, mientras los otros que es lo negro. El gris también existe y tan
necesario como cualquier otro color.
Los únicos utensilios que estaban
aparentemente contentos y bailando unas seguiriyas eran los platos hondos, aunque
no es la normalidad ya que de lo contrario se resbalarían e irían al suelo
hechos añicos y tristes como el propio baile. Todo estaba siendo anómalo y muy
extraño.
Con todo el asombro que tenía
encima y algo más repuesta, miré de soslayo el cajón de las cacerolas que por
el momento no tenían movimiento. Di gracias porque esos cachivaches no se
hubieran alterado por el momento, cuando vi pasar por delante de mi cara la
tabla de cortar pidiendo auxilio porque la perseguía el cuchillo panero.
Consiguiendo reponerme pasados
los primeros minutos de ver todo el caos ocasionado y antes de dar ocasión a
ver más disparates, me plante en medio de la cocina y dando un fuerte golpe en
la mesa que hasta el jarrón que contenía unos crisantemos amarillos se tambaleo
y casi pierde el equilibrio, grité al mismo tiempo pidiendo una tregua
inmediata. Todos los utensilios alborotados se quedaron detenidos y
seguidamente cayeron desangelados a sus lugares de origen o a la mismísima mesa
en la que yo mantenía todavía mi mano después de golpearla. Interiormente pensé
que también podía revelarse, pero no lo hizo agradeciendo que se mostrara
juiciosa. Respiré hondo y dije sin bajar un ápice la voz: Se acabaron las
tonterías y más las huelgas en la cocina, es lo que hoy me faltaba, quién en
esta cocina no esté de acuerdo con su cometido que vaya preparando su petate (o
sea, su decisión) y se largue al cubo de la basura que lo mantendré abierto todo
lo que queda de tarde. Cuando vuelva a preparar la cena quienes no queráis
seguir con las normas de la casa, ya puede despedirse o se jubile y se retire a
su lugar preferido pero que a mí no me incluya, desde este momento es
independiente y libre de vivir como quiera, pero no pienso suplicar, ni voy a
sentir pena por su partida. Ya en su día quedó todo establecido y no creo que tengáis
derecho a hacerme pasar por lo que alguien, no sé quién, os ha lavado la sesera
si es que la tenéis, así que me doy media vuelta y en diez minutos vuelvo y repito,
el que no esté de acuerdo carretera y manta que la chatarrería o el punto
limpio de la ciudad están habidos de utensilios, residuos y todo desecho habido
y por haber. ¡He dicho!
Y dando media vuelta he salido de
la cocina con la triste sensación y con el pensamiento de que ya hasta los
utensilios inanimados se revelan hartos de tanta incoherencia y falta de
valores que nos rodean.
Nani, octubre 2026

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