sábado, 24 de enero de 2026

ÁLBUM DE FOTOS

 



Imagen de Sabina Weiss

Hace frío y mientras tomo un café caliente al calor del fuego de la chimenea, no me apetece otra cosa que repasar una vez más uno de los álbumes de fotos. Me encanta este de cuando era pequeño y nos escapábamos los amigos a la salida del pueblo y nos dedicábamos a subir a los árboles a mirar si los nidos de los gorriones tenían huevos o subir a las farolas a ver quién lo hacía más rápido, lo mismo que con el tirachinas nos retábamos para ver quien era el más audaz dando en la diana de aquellas bombillas de luz amarillenta que alumbraban lo justo para no abrirnos la crisma en las noches frías y lluviosas.

Un día nos cogió infraganti el sereno que hacía su ronda (a mí me imponía su manojo de llaves ruidosas y el bastón que llevaba acabado en punta, como si fuera un cuchillo). Tuvimos que acompañarlo hasta el cuartelillo y nos metieron a todos en una de las pequeñas y húmedas celdas donde entraban los rateros que por el pueblo andaban. Allí estuvimos hasta que nuestros padres fueron a recogernos, pagar la correspondiente multa que alcanzaba el importe de seis bombillas, más la tasa que se imponía por gamberrismo. Después cuando llegamos a casa, a mi hermano y a mí nos tocó confesar todo, qué vergüenza pasamos. Recibimos un vaso de leche, una buena colleja a la altura de las orejas (entonces se daban) y nos mandaron a la cama con el consiguiente castigo de durante un mes ir a ayudar los fines de semana al barrendero y al señor que recogía casa por casa la basura que íbamos acumulando en el serón de burro que le acompañaba diariamente.

De aquella experiencia aprendí que no todo lo que hay en la calle nos pertenece, sino que es del pueblo en general y en el caso de las bombillas el que nos alumbra. Que somos los ciudadanos los que pisamos las cacas de perro que los que no son civilizados dejan cuando pasean a sus mascotas, porque son ellos los que las dejan o que sepamos que las papeleras o los contenedores no son para prenderles fuego, sino para que nuestras ciudades estén limpias y ordenadas.

Sí, aprendí entonces muchas cosas que le llamaban urbanidad. Entendí que si me subía a un árbol y cogía los huevos de los nidos, acabaría por exterminar los pájaros que se comen los insectos  dañinos y además no nos despertarían con sus trinos en las mañanas de primavera y verano cuando tenemos las ventanas abiertas y sobre todo, se me quedó grabado en la piel y en el corazón, que debemos respeto a los que nos rodean, porque ninguno de nosotros podemos decidir por nosotros mismos, ya que todo lo que nos rodea pertenece a todos los seres vivos que formamos una cadena y en el momento que dicha cadena se rompe, todo pierde su curso natural y acabamos eliminándonos a nosotros mismos.


Nani, enero 2026

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario