Imagen
de Sabina Weiss
Hace
frío y mientras tomo un café caliente al calor del fuego de la chimenea, no me
apetece otra cosa que repasar una vez más uno de los álbumes de fotos. Me
encanta este de cuando era pequeño y nos escapábamos los amigos a la salida del
pueblo y nos dedicábamos a subir a los árboles a mirar si los nidos de los
gorriones tenían huevos o subir a las farolas a ver quién lo hacía más rápido,
lo mismo que con el tirachinas nos retábamos para ver quien era el más audaz
dando en la diana de aquellas bombillas de luz amarillenta que alumbraban lo
justo para no abrirnos la crisma en las noches frías y lluviosas.
Un
día nos cogió infraganti el sereno que hacía su ronda (a mí me imponía su
manojo de llaves ruidosas y el bastón que llevaba acabado en punta, como si
fuera un cuchillo). Tuvimos que acompañarlo hasta el cuartelillo y nos metieron
a todos en una de las pequeñas y húmedas celdas donde entraban los rateros que
por el pueblo andaban. Allí estuvimos hasta que nuestros padres fueron a
recogernos, pagar la correspondiente multa que alcanzaba el importe de seis
bombillas, más la tasa que se imponía por gamberrismo. Después cuando llegamos
a casa, a mi hermano y a mí nos tocó confesar todo, qué vergüenza pasamos. Recibimos
un vaso de leche, una buena colleja a la altura de las orejas (entonces se
daban) y nos mandaron a la cama con el consiguiente castigo de durante un mes
ir a ayudar los fines de semana al barrendero y al señor que recogía casa por
casa la basura que íbamos acumulando en el serón de burro que le acompañaba
diariamente.
De
aquella experiencia aprendí que no todo lo que hay en la calle nos pertenece,
sino que es del pueblo en general y en el caso de las bombillas el que nos
alumbra. Que somos los ciudadanos los que pisamos las cacas de perro que los
que no son civilizados dejan cuando pasean a sus mascotas, porque son ellos los
que las dejan o que sepamos que las papeleras o los contenedores no son para
prenderles fuego, sino para que nuestras ciudades estén limpias y ordenadas.
Sí,
aprendí entonces muchas cosas que le llamaban urbanidad. Entendí que si me subía
a un árbol y cogía los huevos de los nidos, acabaría por exterminar los pájaros
que se comen los insectos dañinos y además
no nos despertarían con sus trinos en las mañanas de primavera y verano cuando
tenemos las ventanas abiertas y sobre todo, se me quedó grabado en la piel y en
el corazón, que debemos respeto a los que nos rodean, porque ninguno de
nosotros podemos decidir por nosotros mismos, ya que todo lo que nos rodea
pertenece a todos los seres vivos que formamos una cadena y en el momento que
dicha cadena se rompe, todo pierde su curso natural y acabamos eliminándonos a nosotros
mismos.
Nani, enero 2026

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