A By Alex, por dedicarme una puesta de sol.
Con los pies descalzos paseo por la playa y de vez en cuando me inclino para recoger una concha que pasa a formar parte de la colección que se amontona en la bolsa que llevo colgada a la cintura. La brisa me golpea el rostro y el pelo revolotea cual mariposa alrededor de mi cráneo. No pienso en nada, solo siento. Disfruto de las olas que golpean mis tobillos, de la sensación que producen mis pies al hundirse en la arena mojada y de los últimos rayos de sol que me acarician. Empieza a inclinarse la tarde y se acerca el momento que espero y que culminará el día. La puesta de sol ya se asoma encima del tranquilo océano y sin pensarlo un momento me siento en la cálida arena que me abriga y me da fuerza para mantenerme quieta y contemplar la estampa que tengo delante. Una nube se posa a la derecha del rojo sol y le contagia sus tonos dorados–rojizos, que la avergüenzan por sentirse culpable de ocultar parte de su majestuosa belleza. Poco a poco se retira y despacito se disculpa por haberle hecho sombra. Me empapo del momento. Mis poros están abiertos a todas las sensaciones, mis oídos escuchan el ir y venir de las olas, mientras mi mirada se mantiene quieta en el horizonte donde permanece el rojo sol meciéndose sobre las quietas aguas. A lo lejos se escucha una nana y la mezcla rojo-amarillo se difumina. El sol se ha dormido mientras mis pupilas han grabado en mi alma un paisaje inigualable. De nuevo la estampa se queda quieta, serena y calmada. Yo me levanto y sacudo la arena de mi falda, aspiro fuerte la brisa que me da en la cara y me encamino a casa mientras pienso que he disfrutado de unos momentos deliciosos.
Nani. Mayo 2008.



