Imagen
del fotógrafo humanista francés René Maltête
Aunque
hacía un día de frío de esos de mil demonios, decidimos dar un paseo y ser los
primeros en pisar la nieve que había caído durante el amanecer. No teníamos
suficiente ropa de abrigo para el momento, pero recordamos que en el desván
dentro del baúl de los abuelos había un sobretodo de talla inmensa que
perteneció al bisabuelo Pedro, así que subimos a por él y aunque olía a naftalina
de manera que casi echaba para atrás, lo cogimos y no lo pusimos. Mario metió
su brazo izquierdo en la manga izquierda y yo, mi brazo derecho en la manga
derecha, así nos cubrimos suficientemente y arrimaditos el uno junto a la otra,
el frío lo mitigamos, pero lo que no reducimos fue el olor que desprendíamos,
desde luego no se arrimarían a nosotros ni las palomas de la plaza. Como era
festivo y temprano, disfrutamos como enanos pisando el manto blanco y después nos
acercamos al puesto de churros de Matías donde adquirimos un buen cartucho de
porras para más tarde, mojarlas en un humeante chocolate que hicimos en casa.
Lo triste fue, que todo el día lo que comimos nos sabía a las dichosas bolas contra
la polilla, pero a cambio gozamos y eso sí, llamamos la atención a todo ser
humano que a la vuelta se cruzó con nosotros. Nunca más certero ese dicho que
decían los mayores: “El que guarda haya” y nosotros hemos encontrado el abrigo
más antiguo de la historia.
Nani,
junio 2026

Parece una historia de un mundo que desaparecerá.
ResponderEliminarAquí apenas hace frío en invierno... cada vez más y más calor.
Besos.